Ni escucha, ni ve, ni tiene nada que decir… ¿y Pedro Sánchez, presidente del gobierno?
La ministra de Sanidad, Mónica García, ha conseguido algo que parecía imposible: unir al conjunto de la profesión médica en su contra.
No es un logro menor. En un colectivo tan diverso como el nuestro, donde conviven especialidades, generaciones, sensibilidades ideológicas y realidades laborales muy distintas, alcanzar semejante nivel de rechazo requiere una combinación poco frecuente de soberbia política, incapacidad negociadora y desconexión absoluta con la realidad asistencial.
Hoy, el Sistema Nacional de Salud se encuentra al borde de un conflicto de dimensiones históricas. Y no porque los médicos hayan decidido, de repente, convertirse en un problema. Al contrario: llevamos años sosteniendo un modelo que se mantiene gracias al sacrificio personal de miles de profesionales que han aceptado jornadas interminables, guardias abusivas, deterioro de su salud física y mental y una conciliación familiar prácticamente inexistente.
Lo que ocurre ahora no es fruto de un capricho ni de una estrategia sindical. Es el resultado inevitable de décadas de abandono y de una gestión ministerial que ha optado por ignorar las señales de alarma hasta que estas se han convertido en una sirena imposible de silenciar.
Sorda. Sorda a las reivindicaciones de quienes llevan años denunciando que el sistema se sostiene sobre el agotamiento de sus profesionales. Sorda a las organizaciones médicas. Sorda a los sindicatos profesionales. Sorda, en definitiva, a quienes conocen de primera mano los problemas de la sanidad pública porque los sufren cada día.
Pero también ciega. Ciega ante la evidencia de que la situación ha dejado de ser sostenible. Ciega ante la fuga de talento. Ciega ante las dificultades para cubrir plazas. Ciega ante el deterioro progresivo de la atención sanitaria. Tan ciega que ni siquiera parece percibir las contradicciones entre sus discursos actuales y las numerosas declaraciones que la hemeroteca conserva de cuando ejercía como médica y activista sanitaria. Ciega ante su propia hemeroteca, llena de falsedades, tan ciega que ya no ve crecer su propia nariz.
Porque si algo ha caracterizado estos meses ha sido la ausencia de propuestas reales. Mucha propaganda. Muchos titulares. Muchos intentos de desacreditar a quienes protestan. Pero muy pocas soluciones.
Las formas, además, no han podido ser más toscas. En lugar de tender puentes, se han levantado muros. En lugar de escuchar, se ha optado por caricaturizar las reivindicaciones médicas. En lugar de negociar, se ha elegido la confrontación.
Y las consecuencias están ya a la vista.
España se encamina hacia una huelga médica de carácter indefinido que puede desembocar en el mayor conflicto sanitario de las últimas décadas. No porque los médicos queramos parar. Precisamente porque ya no podemos seguir.
No podemos seguir trabajando en condiciones que deterioran su salud.
No podemos seguir sacrificando sistemáticamente su vida familiar.
No podemos seguir aceptando jornadas y responsabilidades que ningún otro colectivo asumiría en semejantes condiciones.
Y no podemos seguir siendo señalados como privilegiados mientras sostienen uno de los pilares fundamentales del Estado del bienestar.
Pero conviene entender algo: esto ya ha dejado de ser un simple conflicto profesional o sindical.
El problema afecta directamente a las comunidades autónomas, responsables de la gestión sanitaria diaria. Afecta a los grupos parlamentarios, que tendrán que decidir si miran hacia otro lado o afrontan una reforma profunda. Y afecta, por supuesto, al presidente del Gobierno.
Porque cada minuto que Pedro Sánchez mantiene a la ministra en su puesto supone asumir como propia una gestión que ha llevado la relación con los médicos al punto más crítico que se recuerda en años. La responsabilidad política ya no es exclusivamente de la titular de Sanidad. Es de todo el Gobierno.
Mientras tanto, la sensación que transmite el Ejecutivo es inquietante: parece más preocupado por resistir políticamente que por resolver los problemas reales de los ciudadanos. Más centrado en aguantar el desgaste que en evitar el colapso de uno de los servicios públicos más importantes del país. Más centrado en quemar las naves que en servir a la ciudadanía a la que supuestamente se deben: condenan al sistema sanitario a un caos no visto en décadas. El modelo ya es insoportable tanto para facultativos como para los pacientes y ciudadanos, grandes sufridores del colapso sanitario y las listas de espera.
La profesión médica, sin embargo, tiene claro cuál es su objetivo.
Nuestras reivindicaciones no son ideológicas. No son partidistas. No dependen del color político del Gobierno de turno. Son reivindicaciones profesionales que seguirán siendo exactamente las mismas gobierne quien gobierne.
Por eso todo el arco parlamentario debería tomar nota.
Porque el conflicto no desaparecerá con un cambio de ministro ni con un cambio de gobierno si no se afrontan las causas profundas que lo han provocado.
Los médicos hemos llegado demasiado lejos para volver atrás.
Y esta vez no se trata de una protesta más.
Esta vez, simplemente, no se puede seguir igual.
Sindicato Médico de Córdoba
Comentarios
Publicar un comentario