¿Quién soy cuando dejo de ser médico? Una huelga que busca respuestas para médicos y pacientes
Hay un momento en la vida en el que uno cruza una línea sin darse demasiada cuenta. De pronto ya no estás probando, ya no estás ensayando. Lo que decides tiene consecuencias. En muchas profesiones ese paso es gradual. En la nuestra no.
En Medicina todo es una carrera de fondo. Y lo sabemos desde primero.
Entre la adolescencia y el examen MIR la mayoría de médicos encuentran 6 años de facultad. Seis años de exámenes, prácticas, presión… y esa sensación constante de que nunca es suficiente. Luego el examen nacional. Un número. Tu futuro está reducido a una cifra en una lista. Y cuando todavía estás digiriendo el resultado, empieza la especialidad. Guardias interminables, responsabilidad creciente, decisiones que pesan incluso cuando sales del hospital y apagas la luz de tu casa.
No es solo aprender a ser médico. Es convertirte en uno. Y en ese proceso algo más se va quedando por el camino.
Pasas de estudiante a responsable de vidas casi sin transición. Se espera que estés preparado. Que seas resolutivo. Que no dudes. Y cumples. Claro que cumples. Pero hay una pregunta que no aparece en ningún tratado, que no cae en ningún examen:
¿Quién soy?
La respuesta automática sale sola: soy médico.
Y después, en voz baja, otra más incómoda: ¿solo eso?
Llevo años escuchando hablar de “humanización”. Planes estratégicos, jornadas, documentos oficiales. Se nos pide empatía, cercanía, escucha activa. Y estoy de acuerdo. Siempre lo he estado. Pero al mismo tiempo trabajamos con agendas imposibles, cupos desbordados, burocracia que devora minutos que no sobran. A veces la consulta se parece demasiado a una cadena de montaje.
Y uno se pregunta, sinceramente: ¿cómo se humaniza la asistencia cuando al profesional se le vacía por dentro?
Porque además de médicos somos otras cosas. Somos padres o madres que llegan tarde a casa. Somos pareja que cancela planes. Somos hijos que no siempre pueden estar. Somos amigos que a veces desaparecen semanas enteras. Algunos tocamos un instrumento. Otros pintan. Otros leen para no romperse. Sabemos diagnosticar una enfermedad rara… y también emocionarnos con una canción cualquiera. A pesar de ello, enfrente existe una administración empecinada en amputar y triturar nuestro lado más humano.
Nuestros pacientes tampoco son “casos”. Son personas con miedo, con historias, con familia. También son padres o madres, o pareja, o disfrutan de la música. Pero cuando a nosotros nos reducen a productividad y protocolos, ellos también acaban convertidos en números de agenda.
La relación médico-paciente no es un trámite. Es lo que sostiene todo lo demás. La confianza no nace del cronómetro. Necesita tiempo. Presencia. Mirada. Si uno de los dos extremos se vacía, el vínculo se resiente. Y eso ya está pasando.
El burnout no es una etiqueta de moda. Es el compañero silencioso de demasiadas consultas y demasiadas guardias. No es fragilidad individual. Es desgaste acumulado. Es un modelo que exige eficiencia infinita mientras repite la palabra humanización como si fuera un eslogan.
No se puede pedir calidez ilimitada cuando el descanso es insuficiente.
No se puede exigir empatía constante en medio de la prisa crónica.
No se puede cuidar bien cuando uno mismo está exhausto.
Detrás del discurso de la eficiencia se intuye demasiadas veces otra lógica: hacer más con menos. Más actividad, menos recursos. Más exigencia, menos reconocimiento. Protocolizar hasta el extremo, como si la Medicina pudiera comprimirse en algoritmos y sustituirse por categorías intercambiables.
Pero la Medicina no es solo protocolo. Es encuentro. Es matiz. Es contexto. Es duda compartida.
Por eso esta crisis de identidad no es algo íntimo ni anecdótico. No es una queja individual. Es una grieta estructural. Cuando un médico siente que solo es una bata que produce actos asistenciales, algo profundo se está rompiendo. Y cuando eso se rompe, el paciente también pierde.
No vamos a la huelga por comodidad. Créanme que no. No vamos por capricho.
Vamos porque queremos seguir siendo médicos completos. No piezas intercambiables. Vamos porque necesitamos poder responder a la pregunta “¿quién soy?” sin que la única respuesta posible sea un puesto de trabajo. Vamos porque sentimos que nos están arrebatando la parte más humana de nuestra profesión.
Queremos recuperar eso. Para nosotros, para los que vendrán y para quienes atendemos cada día.
Defender nuestras condiciones no es corporativismo. Es defender la calidad del sistema sanitario. Es proteger la dignidad del acto médico. Es recordar que la Medicina, antes que un procedimiento, es una relación entre personas.
Y si el médico pierde su identidad, no perdemos solo nosotros. La Medicina entera pierde su alma.
Pedro Jimenez Cabrero
Vicepresidente SMA Córdoba
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