ESTATUTO PROPIO Y ATENCIÓN PRIMARIA: ¿SON SUFICIENTES LOS 10 MINUTOS POR PACIENTE?
La Atención Primaria es el pilar sobre el que se sostiene todo el sistema sanitario público. Cuando este nivel falla, el resto se resiente. Sin embargo, a pesar de ser el ámbito donde se resuelven la mayoría de los problemas de salud de la población, sigue siendo tratado —por quienes lo gestionan— como una simple puerta de entrada. Y no, la Atención Primaria es mucho más que una puerta de entrada: es el primer diagnóstico, el acompañamiento continuo, la prevención, el control del paciente crónico, la cercanía y la confianza.
En los últimos años se ha convertido casi en un eslogan la reclamación de los “10 minutos por paciente”, pero detrás de esa cifra hay mucho más que una cuestión de cronómetro. Lo que los médicos pedimos es tiempo clínico real, tiempo que permita escuchar, explorar, pensar y decidir con criterio. Esos diez minutos son una media orientativa, no una fórmula rígida. No todos los pacientes ni todos los motivos de consulta son iguales: hay procesos que pueden resolverse en menos tiempo y otros que exigen una valoración pausada, integral y compleja.
Por eso, más que hablar de minutos, debemos hablar de gestión de la demanda y sobre todo de un nivel adecuado de autogestión por parte de los facultativos. Un sistema que no distingue la prioridad clínica de cada caso termina convirtiéndose en una cola de supermercado, donde el orden lo marca el turno y no la gravedad o la necesidad. No puede tener el mismo acceso un paciente con un dolor de garganta leve de 24 horas que otro que ha perdido siete kilos en un mes y presenta sudoración nocturna. Esta falta de gestión no solo es ineficiente, sino que pone en riesgo la equidad, la seguridad y la calidad asistencial.
Un modelo realmente moderno de Atención Primaria debe garantizar un equilibrio entre la calidad de la atención al paciente y la protección de la salud laboral de los médicos. Por eso reclamamos agendas racionales, con un máximo de 35 pacientes diarios para médicos de familia y 25 para pediatras, cifras que orientadas a una calidad asistencial mínima (ni siquiera hablamos de niveles óptimos a los que deberíamos tender para parecernos más a Europa). La sobrecarga crónica, además de degradar la atención, está agotando a quienes la sostienen.
A esto se suma la necesidad de un acceso ágil y real a las pruebas complementarias, sin trabas burocráticas que retrasen diagnósticos ni obstaculicen la toma de decisiones. Igualmente, urge desburocratizar las consultas: cada minuto que un médico dedica a imprimir justificantes o cumplimentar formularios es un minuto perdido para atender a quien realmente lo necesita.
No podemos olvidar que la Atención Primaria también incluye las Urgencias de Atención Primaria, que deben centrarse en situaciones urgentes y no convertirse en un rebosadero de la demanda general del sistema. La saturación de estos dispositivos, al igual que la de los servicios de Urgencias hospitalarias, refleja la falta de planificación y gestión sanitaria real.
Tampoco puede pasarse por alto el grave deterioro que supone cubrir consultas con médicos sin la especialidad correspondiente, una práctica que desvirtúa años de formación especializada. Por supuesto también hay que tener en cuenta que este nivel asistencial presta docencia y que, además, debe contemplar tiempo para la investigación.
La modernización de la Atención Primaria no pasa solo por más recursos —que también—, sino por una reorganización profunda basada en la evidencia, la autonomía profesional y la confianza en los médicos. Y en ese proceso, el Estatuto Propio del Médico y Facultativo es una herramienta imprescindible: un marco que reconozca la especificidad, la responsabilidad y la carga emocional y técnica de la profesión, y que sirva de escudo frente a la precariedad, la sobrecarga y el desgaste.
Porque proteger la Atención Primaria es proteger la salud de todos.
Y porque sin tiempo, sin medios y sin respeto, no hay Medicina posible.
#UnaProfesiónUnaVoz
#SindicatoMédicoDeCórdoba
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